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jueves, marzo 11, 2010

Descubra los atractivos de Atiquipa


Escenarios de libertad
Este distrito situado en la costa arequipeña propone a los viajeros con ganas de aventura imponentes paisajes, naturaleza, arqueología y rutas para caminar. de preferencia cuente con movilidad particular

Como haciéndole trampa a los mapas de alta ruta, el pueblo de Atiquipa es tan pequeño que logra camuflarse entre las lomas de la costa arequipeña. Solo un gran cartel de bienvenida a la altura del kilómetro 600 de la carretera Panamericana Sur confirma a los viajeros que desviándose en dirección opuesta al mar siguen por el camino correcto.

En la localidad misma no hay mucho que ver y los atractivos del distrito se encuentran dispersos a los alrededores. Playas solitarias, arqueología y naturaleza constituyen el escenario predilecto para quienes busquen satisfacer su alter ego de explorador al paso.

AVENTURERO SOY
Así, viniendo desde Lima le proponemos visitar primero unas ciudadelas prehispánicas donde según Julieta de la Torre, guía local, “se instalaron comunidades preíncas e incas dedicadas básicamente a la extracción de productos hidrobiológicos”.

Una de estas es Pueblo Viejo (km 589). Para llegar deberá realizar un recorrido aproximado de 40 minutos a pie. Aprecie sus construcciones a base de calicanto con columnas, dinteles y hornacinas. Luego en Ayparipa (km 599) vea cómo sobresalen en el paisaje las colcas (depósitos) y andenes. Además, Quebrada de la Waca en Puerto Inka (km 610) es un complejo arqueológico que tampoco debe dejar de visitar. Allí se halla la famosa silla del inca.

Las pendientes son una característica constante en dichas caminatas, por ello es básico llevar zapatillas.

Claro que el protagonismo se lo llevan los paisajes costeños. Especialmente aquellos decorados por despeñaderos, colinas verdes y playas vírgenes como Jihuay (km 601), o balnearios rústicos tipo Silaca (km 596), lugar en el que es un deber meterse a las pozas de agua cristalina.

JUNTO AL CIELO
También vale la pena adentrarse hacia la localidad de Atiquipa. Aventúrese en moto o automóvil a la cima de las lomas aledañas, donde a 900 metros sobre el nivel del mar el ecosistema crea una especie de bosque de neblina. En este los pobladores han colocado mallas de plástico, las cuales funcionan como “neblineros”.

De esa manera redistribuyen el agua captada con el propósito de conservar intacta la vegetación, fauna y también, la agricultura.

Sepa que en la cima corre una brisa fría por lo que es recomendable llevar algo de abrigo, más aun si el día está nublado. El recorrido demora unos 90 minutos.

Conozca más de ese Perú que ofrece el turismo rural y vaya más lejos de los artificios del hombre moderno.

ALLÁ VAMOS
Atiquipa es un distrito de la provincia de Caravelí ubicada al norte de Arequipa.
Lo mejor es contar con movilidad particular, pues conseguir transporte público es difícil.

Programas Sugeridos (En Inglés)

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miércoles, febrero 03, 2010

La Catedral arequipeña

Puerto inka. Playas, arqueología y vida marina en Atiquipa. Si el terremoto del 15 de agosto del 2007 borró del mapa la célebre catedral de Paracas, un cataclismo volcánico sin fecha conocida formó otra catedral de lava petrificada en las playas de Atiquipa.

Para un limeño acostumbrado a los caminos del Perú siempre será una sorpresa esa notoria diferencia geológica que marca la frontera de Ica y Arequipa.

A la altura del kilómetro 580 de la Panamericana Sur, antes de pasar por ese balneario bien caleta llamado Tanaka, las dunas parecen que cobran vida y se desplazan por el desierto costero empujados por el violento viento marino hasta tragarse la carretera en cuestión de minutos, interrumpiendo el tráfico con una facilidad que asusta.

Y es aquí donde el feroz desierto se interrumpe ante una enorme cordillera de lava petrificada que marca la puerta de ingreso a Arequipa, la patria de los volcanes.

En cuestión de minutos el altímetro marca de cero a casi 200 metros de altura sobre el nivel del mar, mientras ascendemos por un serpentín que permite contemplar una sucesión de pisos ecológicos único en su género. El clima cambia, el sol abrasador del desierto se transforma en una primavera feliz con lloviznas que cubren de verdor las lomas hasta las orillas del mar. Vacas y caballos pastan con tranquilidad y pequeños bosques de olivos descienden hasta arañar el barranco.

Nos detenemos en el kilómetro 603 donde un cartel indica el descenso a Puerto Inka. Se trata de un hotel con el binomio perfecto: playa y arqueología. Sin contar sus acogedoras cabañas con vista al mar y un restaurante digno del denominado boom de la gastronomía peruana.

Y es aquí donde el guía Marco Antonio Bedoya nos advierte que debemos partir a las cinco y media de la mañana para contemplar el despertar de una numerosa colonia de pingüinos que dejó su atávico peregrinaje para asentarse en una caverna vecina a Puerto Inka.

A esa hora la visibilidad permite contemplar los cambios en el paisaje. Desde las arenas tibias a orillas del mar hasta la corta trepada por un morro decorado con chullpas prehispánicas. El ascenso es relativamente fácil y luego de 30 minutos de caminata pasamos por un pequeño bosque de piedras volcánicas erosionadas por la brisa marina que nos hace olvidar la cercanía del mar.

Diez minutos después y cuando la luz del amanecer ilumina el mundo, empieza el descenso en dirección al mar y es en ese instante cuando Marco Antonio nos sorprende con la visión de la “catedral arequipeña” (así la denomina nuestro guía) con sus fieles de aves guaneras que parecen orar en su “campanario”.

Para diferenciarla de la “catedral” de Paracas, basta recordar aquel verso de Juan Gozalo Rose: “Será otro paisaje, pero la misma ausencia”.

Porque no es arena ni cascajo, propio del paisaje de Paracas, sino roca volcánica que se internó en el mar con la imprudencia de un cataclismo, formando cavernas como la que sirve de guarida a esos graciosos pingüinos que emergen a las 7 en punto de la mañana, cortando olas y nadando contracorriente, esquivando nutrias marinas y enormes masas de algas que flotan entre las espumas de las violentas olas que se estrellan contra el farallón.

En su ruta, los pingüinos pasan por el enorme portal de la “catedral” y se internan en el mar en busca de su desayuno.

Nosotros permanecemos sentados en el farallón, con los pies hacia el abismo, en una amena conversación en la “catedral” arequipeña.

Fuente: Diario La Republica